Ella tenía
ojos oscuros. Sus labios eran perfectos y su sonrisa esbozada, el mejor
proyecto arquitectónico jamás construido. Ella, en sí, era una muñeca,
realmente preciosa, me atrevería a decir que un auténtico milagro, de cuerpo
cincelado por manos divinas y exactitud milimétrica, de carácter energético,
alegre, y, sin duda, de espíritu fuerte, mirada cargada de vida... realmente
genial. O por lo menos, sin duda, para mí lo era, y no existía nada mejor.
Mantengo congelado el recuerdo cálido del contacto con su piel, de su
presencia, olía verdaderamente bien, sus besos eran de otro mundo... Tantas
cosas... Juro y no miento al asegurar que sería capaz de señalar dónde se
hallaban cada uno de los lunares que cubrían su cuerpo, ese lienzo en blanco,
sin las crueles cicatrices del tiempo y los años dibujadas. Yo era un verdadero
afortunado, un suertudo que ni en siete
vidas podría hacer suficiente para acabar de agradecer el regalo que me bridaba
el cielo, el regalo de formar parte de su vida. Era tan feliz... Lo que más
deseaba, por encima de cualquier cosa, era que Ella también lo fuese. Como un
niño inocente, que vive soñando, quise creer que Ella sonreía, que,
efectivamente, era feliz. Que vivan los ilusos, atrapados en su falsa realidad.
Ella, verdaderamente, tenía ojos
color noche, color desolación. Sus labios perfectos fueron quedando sellados,
cosidos con desgracia, y su sonrisa tornó a ser la más triste, la más dolorosa.
Quizás, simplemente, dejé de inventármela, imaginándome que Ella sí había
llegado a sonreír alguna vez de alegría, que sí que había logrado hacerla
feliz. Quizás desperté de aquel sueño inventado en el que me había sumido,
queriendo no ser consciente de la realidad. Ella, en sí, era una muñeca rota, una
marioneta, perforada y colgada mediante hilo incandescente a unas manos
crueles, maquiavélicas, que, desafiantes, amenazaban con querer finalizar
aquella demoníaca función teatral. La vida juraba soltarla, dejarla caer al
vacío. Desde que la había conocido, su salud había ido decayendo, y, sin querer
darme cuenta, de manera macabra, había acabado débil, postrada en cama,
arropada con la enfermedad que la devoraba por dentro, mordisco a mordisco. Al
final, el brillo de sus ojos, de su sonrisa, se tornó tenue, difuminando un haz
de luz que se estaba extinguiendo, apagando lentamente. Esas frágiles cuerdas
que la ataban débilmente empezaban a ceder; no tardarían demasiado en romperse.
Mi alma se rompería a continuación. Mi existencia sería la primera en perder el
sentido.
Mi tiempo empezó a pertenecerle, a
consumirse a su lado, cuidándola todo lo que podía, expresándole todo el cariño
que era capaz de transmitir. El corazón estaba cargado de sentimientos, de
emociones... El idioma se quedaba muy corto. La capacidad de expresarse de los
seres humanos no es nada comparado con todo lo que pretende exteriorizar
nuestra alma. Somos puros necios. Y eso es, el alma no es más que un cúmulo de
pasiones encarceladas en nuestro cuerpo, que nuestro juicio nunca logra liberar.
Eso me mata, por completo. Siempre, siempre me torturará la idea de que Ella se
fue sin oír suficientes veces cuánto la quería, de que aún me quedaban
demasiadas cosas por contarle... Sin haber logrado realmente su felicidad...
Traté de apoyarla y de mostrarme positivo, para que todo fluyese, dentro de lo
malo, lo mejor posible. Pero se vuelve tarea inútil si ni crees tú mismo la
felicidad que tratas de asignarte. El golpe de lo fatal quizás me hizo bajar de
aquel paraíso que había situado más allá de las nubes, caer en la realidad,
aprender de verdad que los seres humanos somos muy afortunados sin darnos
cuenta, y que solo valoramos las pequeñas cosas que nos dan esa fortuna cuando
ya no están.
Pasé varias noches acariciando su
pálida mano mientras Ella descansaba. Aún podía sentir el ligero calor que
desprendía, su suave respiración. A veces, no podía evitar llorar, empapar de
lágrimas sus delgados dedos. La estaba perdiendo. Ella se esfumaba a cada segundo que
permanecía en una cruel silla de ruedas
empujada por batas blancas sin rostro, en una fría camilla, oscilando entre los
dos mundos. Tratas de
ignorar el futuro, pero es muy difícil cuando se encuentra tan presente, tan
espantosamente presente. En instantes como esos, la ansiedad se apoderaba de
mi, y lloraba en silencio para no molestar. No sería lógico despertarla, seguir
resquebrajando con dolor ajeno su débil corazón, que ya aparentaba cansarse de
latir.
Después del llanto engullido solía
caer agotado, rindiéndome a la bendición de poder encontrarla sana en mi
subconsciente. Era el único modo de volver a tiempos mejores, de saciar las ganas de vivir a su lado que me
inquietaban, de estar juntos, disfrutando lo que nunca más podríamos disfrutar.
Recuerdo aquellas cansadas
sonrisas que me dedicaba cuando aún podía, en sus últimos instantes. Son en
gran medida lo que hoy en día me resulta más gratificante, pensar que conseguí,
aunque fuese tan solo durante un segundo, que su rostro desconsolado se
asemejase a aquella cara risueña que en una vida que se nos antojaba lejana,
inundaba nuestro día a día, nuestra dulce rutina.
Ella escuchaba, sin poder hablar,
todo lo que yo le decía. Su mirada muda de atención me quemaba profundamente.
Me hacía sentir más abatido de lo que yo mismo lograba concebir. Me
desorientaba y me quedaba en blanco, sin saber continuar mis patéticos monólogos
intranscendentes. Quizás fuese yo realmente el patético. Aquel día... se quedó
observándome durante un instante que me resultó eterno. A veces me hacía sentir
muy estúpido, pues, aunque prácticamente formaba parte de mí, no la conocía lo
suficiente, o eso creía, porque era común que en ciertas ocasiones, como esta,
no acertase a comprender que pasaba por su mente con completa certeza, o, si
no, tardaba de más en averiguarlo. Realmente, soy un tremendo ingenuo, un
inútil que ni es consciente de que mientras yo espero una reacción, Ella ha
tenido tiempo para leerme la mente dos veces. Ella sabe de sobra que nunca
comprendo nada. Trató de moverse, pero las sondas y demás instrumentos
hospitalarios se lo dificultaban. De manera atroz, aquellos cables me recordaron
a los monstruosos hilos de un títere roto, que de forma inhumana, había sido
abandonado como un juguete viejo, gastado. Aquella idea me causó verdadero
pánico. Me acerqué más a Ella, y me tendió sus manos. Las tomé entre las mías,
tratando de darles calor. Nunca se las había sentido tan frías. Creo que en ese
instante empecé a comprender. Ella me agarró con una fuerza temblorosa, y yo
observé ese gesto, con una mezcla de preocupación e incertidumbre como máscara
de un rostro que en realidad estaría mostrando un dolor que llevaba tragando
demasiado tiempo. Clavó sus pupilas en las mías, marcó a fuego esa mirada en mi
cerebro y sonrió con sus labios perfectos. Noté como una tímida lágrima
empezaba a descender por su piel de porcelana y yo noté como un puño golpeaba
mi corazón y partía mi alma en mil pedazos. Entreabrió los labios para susurrar
un suave "Gracias" y bajó los párpados tras mantener la mirada unos
segundos más. Ahí dejó en libertad al resto de sus lágrimas, bajando en
procesión silenciosa, arrastrando tras de sí un puñado de angustia insanable,
de desesperación tras comprender que ya nada tenía solución. Levantó la vista.
Me miró, con los ojos inundados, y con esa maldita mirada que afirmaba lo que
nadie más quería afirmar. "Me voy, para siempre". Piensas que lo
tienes algo asimilado, pero en ese instante, te das cuenta de que tu corazón
aún lo negaba. Él aún tenía un poco de esperanza. Cuando ya se pierde la
ilusión por completo, cuando tu corazón le da la razón a tu mente, es cuando
empiezas a asimilar un poco, y cuando empiezas a derrumbarte realmente. Esos
"siempres" empiezan a sonarte a demasiado tiempo. La idea de
que nunca, nunca más podría estar con Ella, que nunca podría llevar a cabo todo
lo que mi mente imaginó a su lado... Quedaban demasiadas cosas por contarnos,
demasiado que aprender, demasiado que nunca podríamos realizar. El curso de mi
vida se rompía, se cortaba mi camino, me perdía, ¿Qué sentido adquiere ahora
una vida que estaba diseñada para quien ya no puede vivir? Una vez más me
esforcé en no dejar correr las lágrimas. Pero acabaron escapando y resbalando
sin remedio... Escuecen, realmente escuecen.
Fui
incapaz de cumplir la promesa que me había hecho jurar de no mostrarme
destrozado en su presencia. Cuando me di cuenta, estaba tumbado a su lado,
hecho un ovillo, llorando desconsoladamente con la respiración entrecortada, y
sacando de nuevo a ese niño que no entiende nada. La quería, la quería
demasiado. Allá a donde fuera, quería acompañarla, no quería dejarla sola, no podía
dejarme atrás. Me temblaban los dientes, todo mi cuerpo estaba temblando. Cubrí
mi rostro con las manos, avergonzado. Traté de calmarme, no pude. Notaba la
falta de aire en mis pulmones. Tardé en darme cuenta, entre sollozos, de que
Ella estaba a mi lado, tratando de acariciar mi pelo y sin parar de mirarme
fijamente. Lloraba en silencio. Su sosiego ante las circunstancias me
inquietaba. La impotencia me carcomía, el pánico corría por mis venas,
quemándome a fuego lento, destrozándome. El terror se había apoderado de mí.
Mil cuestiones abordaron mi cabeza
aquellos interminables días. Mi cerebro no entendía ni entiende qué criterios
guían a ese Dios imaginario, a ese salvaje destino estoico, o a esa nada
inexistente e incomprensible a proceder tan caprichosamente, haciéndote
vivir... para luego condenarte a la muerte sin preguntar. ¿Por qué tanta
complejidad? ¿Por qué no resignarse a una inexistencia total? Si defendéis la
existencia de Dios y que él nos creó, fue cruel, despiadado. Yo no creo en cielos
e infiernos ,pero no me creo mejor por ello, todo lo contrario, soy un infeliz,
que ojalá tuviese algo en que creer. Nunca llegaré a comprender las pautas que rigen
el comportamiento de aquello que hay detrás de la vida, de la muerte. No puedo estar tranquilo si no sé qué va a ser de Ella.
Tomamos ambos caminos diferentes, desconocidos. No puede desvanecerse, no logro hacerme a la idea. Al igual que un robot no funciona sin energía, nosotros no
somos nada sin alma. La energía ni se crea ni se destruye. ¿Y el alma? ¿Qué es
de esa energía, de ese impulso que nos hace vivir? No puede volatilizarse...
"Perdóname."
Fue
lo último que oí antes de dormirme por completo.
...
A
mi subconsciente regresaron sus mejillas sonrosadas, su larga melena, su
alegría. Paseábamos por la playa, con la locura implícita en nuestra mirada,
con la pasión entrelazando nuestras manos, y con las ganas de vivir, de comernos
el mundo, calzada en nuestros pies. Corríamos por la orilla, sobre las olas que
el Sol hacía brillar, salpicándonos con cada paso, deteniéndonos, abrazándonos.
Sentía así su calor bajo las frías gotas que cubrían su reluciente contorno.
Podía notar sus latidos con fuerza, golpeando mi pecho, y degustar el sabor a
sal de sus labios, de su piel. Fundidos, soldada mi sístole con su diástole, no
había mejores sensaciones, ni existía una mejor forma de felicidad. Ningún
paraíso estaba a la altura. Pero sin que contemos con ello, cualquier sueño
puede tornar a pesadilla en cualquier instante. Y el cielo engriseció. Pareció
contagiar su piel y el aire; se creó una atmósfera enfermiza. Empezó a llover
de la nada, y, de repente, sus manos espantosamente heladas, me tocaron,
hiriéndome. Hay que intervenir de urgencia. Su piel parecía ahora quebrarse con
un suspiro, su rostro adquirió una seriedad inquietante, casi demente. Está
perdiendo pulso. Echó a correr por la orilla, escapándose de mí. Una angustiosa
lentitud en mis movimientos no me dejaba alcanzarla nunca. Ella se iba, y yo la
perdía de vista. Ha entrado en parada. Una ola borraba sus huellas, haciendo como si Ella nunca hubiese estado
allí, eliminando las pruebas de su presencia espectral. Desfibrilador. Cielo
oscuro, frío, lluvia en mi playa ideal.
Bum. Desorientado, me dejo caer. Las olas seguirán su rumbo. Silencio.
Alguien pregunta la hora de la muerte. La marea sube, yo sigo ahí. No importa,
moriré ahogado, en mi propio mar. La crueldad abstracta de la existencia la había arrancado de
mis brazos.
Creo
despertar en otra dimensión. ¿Esto es lo que hay? El reloj marcaba claramente
las ocho de la mañana de un tres de marzo, y afirmaba mi equivocación. Estaba
más vivo de lo que en realidad desearía. Vaya. Ya habían pasado unos meses... Y
Ella seguía visitándome por las noches. Lo agradecía, la echaba tanto de
menos... Mientras sueño, su compañía parece real. Me permite despedirme una vez
más, prolongar un poco su existencia, contarle una de esas mil cosas que aún me
quedaban por contarle... Solo durante un instante irreal, aunque solo fuera
para aliviar mi conciencia. Me levanté y dirigí al baño. El espejo me devolvía
el fantasma de un hombre que había envejecido de repente, que había dejado
atrás la juventud. Todo había pasado sin casi darme cuenta...¿cuando me habían
empezado a salir las canas? Preferí evitar esa imagen y volver a centrarme en
mis sueños. A veces me pregunto si
podrían ser auténticos, es decir, si Ella podía llegar a oírme. Nadie comprende
bien qué son los sueños. Quizás sean ese puente, ese limbo entre dos mundos. No
le daré demasiadas vueltas más, no quiero que me llamen loco y que encuentren
justificaciones. Quizás quien me lo llame tenga razón, todo es demasiado
relativo. Ahora debía darme prisa, o llegaría tarde a trabajar.
...
¿Recuerdas cuando dije que no quería
que me dejaras solo? ¿Que quería estar a tu lado allá a donde fueras? Gran parte
de mí murió contigo. La otra se quedó en el mundo, en una vida transitoria,
desde aquel dulce pasado en tu compañía, a un final en el que hoy pienso que
nos reencontraremos. Hoy tengo esperanza. En cierto modo, en cada flor que
brote, en cada ave, en cada ser que se alimente de nuestros cuerpos, volveremos
a estar juntos, a formar uno, a formar parte del gran todo que da posibilidad a
nuestra presencia. Cada partícula de nuestro cuerpo será parte del misterio de la existencia, y volveremos a
vivir, en los demás. "Somos polvo de estrella", el resultado de una
física caprichosa, hijos del Sol, y ahí estás tú, ahí estamos nosotros. Solo puedo dar gracias al azar cuando sorteó
que nos conociésemos, solo puedo llenar mis pulmones de aire, y expirar con
fuerza. Sentirme vivo es sentirte cerca. No voy a desperdiciar la oportunidad de seguir respirando, trataré de ser
lo más feliz posible, por ti, por los dos. Reiré, lloraré, amaré a quien valga la pena, seguiré
disfrutando de la vida que tu no tuviste la suerte de vivir. Seré positivo. Es
un acto de un Dios cruel, pero hoy sé que es absurdo verlo como una condena.
Disfrutar lo que se pueda, para compensar las cosas malas, esa es la mejor
opción.
Al final, sé que me iré feliz, sabiendo que el
camino valió la pena en gran parte de los tramos, y que ahora me espera la
mejor parte. Ese momento, el momento de volver contigo, llegará más pronto de
lo que parece.
Hasta siempre, A.M.
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