miércoles, 30 de abril de 2014

            Ella tenía ojos oscuros. Sus labios eran perfectos y su sonrisa esbozada, el mejor proyecto arquitectónico jamás construido. Ella, en sí, era una muñeca, realmente preciosa, me atrevería a decir que un auténtico milagro, de cuerpo cincelado por manos divinas y exactitud milimétrica, de carácter energético, alegre, y, sin duda, de espíritu fuerte, mirada cargada de vida... realmente genial. O por lo menos, sin duda, para mí lo era, y no existía nada mejor. Mantengo congelado el recuerdo cálido del contacto con su piel, de su presencia, olía verdaderamente bien, sus besos eran de otro mundo... Tantas cosas... Juro y no miento al asegurar que sería capaz de señalar dónde se hallaban cada uno de los lunares que cubrían su cuerpo, ese lienzo en blanco, sin las crueles cicatrices del tiempo y los años dibujadas. Yo era un verdadero afortunado, un suertudo que ni en  siete vidas podría hacer suficiente para acabar de agradecer el regalo que me bridaba el cielo, el regalo de formar parte de su vida. Era tan feliz... Lo que más deseaba, por encima de cualquier cosa, era que Ella también lo fuese. Como un niño inocente, que vive soñando, quise creer que Ella sonreía, que, efectivamente, era feliz. Que vivan los ilusos, atrapados en su falsa realidad.

            Ella, verdaderamente, tenía ojos color noche, color desolación. Sus labios perfectos fueron quedando sellados, cosidos con desgracia, y su sonrisa tornó a ser la más triste, la más dolorosa. Quizás, simplemente, dejé de inventármela, imaginándome que Ella sí había llegado a sonreír alguna vez de alegría, que sí que había logrado hacerla feliz. Quizás desperté de aquel sueño inventado en el que me había sumido, queriendo no ser consciente de la realidad. Ella, en sí, era una muñeca rota, una marioneta, perforada y colgada mediante hilo incandescente a unas manos crueles, maquiavélicas, que, desafiantes, amenazaban con querer finalizar aquella demoníaca función teatral. La vida juraba soltarla, dejarla caer al vacío. Desde que la había conocido, su salud había ido decayendo, y, sin querer darme cuenta, de manera macabra, había acabado débil, postrada en cama, arropada con la enfermedad que la devoraba por dentro, mordisco a mordisco. Al final, el brillo de sus ojos, de su sonrisa, se tornó tenue, difuminando un haz de luz que se estaba extinguiendo, apagando lentamente. Esas frágiles cuerdas que la ataban débilmente empezaban a ceder; no tardarían demasiado en romperse. Mi alma se rompería a continuación. Mi existencia sería la primera en perder el sentido.

            Mi tiempo empezó a pertenecerle, a consumirse a su lado, cuidándola todo lo que podía, expresándole todo el cariño que era capaz de transmitir. El corazón estaba cargado de sentimientos, de emociones... El idioma se quedaba muy corto. La capacidad de expresarse de los seres humanos no es nada comparado con todo lo que pretende exteriorizar nuestra alma. Somos puros necios. Y eso es, el alma no es más que un cúmulo de pasiones encarceladas en nuestro cuerpo, que nuestro juicio nunca logra liberar. Eso me mata, por completo. Siempre, siempre me torturará la idea de que Ella se fue sin oír suficientes veces cuánto la quería, de que aún me quedaban demasiadas cosas por contarle... Sin haber logrado realmente su felicidad... Traté de apoyarla y de mostrarme positivo, para que todo fluyese, dentro de lo malo, lo mejor posible. Pero se vuelve tarea inútil si ni crees tú mismo la felicidad que tratas de asignarte. El golpe de lo fatal quizás me hizo bajar de aquel paraíso que había situado más allá de las nubes, caer en la realidad, aprender de verdad que los seres humanos somos muy afortunados sin darnos cuenta, y que solo valoramos las pequeñas cosas que nos dan esa fortuna cuando ya no están.

            Pasé varias noches acariciando su pálida mano mientras Ella descansaba. Aún podía sentir el ligero calor que desprendía, su suave respiración. A veces, no podía evitar llorar, empapar de lágrimas sus delgados dedos.  La estaba perdiendo.  Ella se esfumaba a cada segundo que permanecía  en una cruel silla de ruedas empujada por batas blancas sin rostro, en una fría camilla, oscilando entre los dos mundos. Tratas de ignorar el futuro, pero es muy difícil cuando se encuentra tan presente, tan espantosamente presente. En instantes como esos, la ansiedad se apoderaba de mi, y lloraba en silencio para no molestar. No sería lógico despertarla, seguir resquebrajando con dolor ajeno su débil corazón, que ya aparentaba cansarse de latir.

           Después del llanto engullido solía caer agotado, rindiéndome a la bendición de poder encontrarla sana en mi subconsciente. Era el único modo de volver a tiempos mejores, de saciar las ganas de vivir a su lado que me inquietaban, de estar juntos, disfrutando lo que nunca más podríamos disfrutar. Recuerdo aquellas cansadas sonrisas que me dedicaba cuando aún podía, en sus últimos instantes. Son en gran medida lo que hoy en día me resulta más gratificante, pensar que conseguí, aunque fuese tan solo durante un segundo, que su rostro desconsolado se asemejase a aquella cara risueña que en una vida que se nos antojaba lejana, inundaba nuestro día a día, nuestra dulce rutina.

           Ella escuchaba, sin poder hablar, todo lo que yo le decía. Su mirada muda de atención me quemaba profundamente. Me hacía sentir más abatido de lo que yo mismo lograba concebir. Me desorientaba y me quedaba en blanco, sin saber continuar mis patéticos monólogos intranscendentes. Quizás fuese yo realmente el patético. Aquel día... se quedó observándome durante un instante que me resultó eterno. A veces me hacía sentir muy estúpido, pues, aunque prácticamente formaba parte de mí, no la conocía lo suficiente, o eso creía, porque era común que en ciertas ocasiones, como esta, no acertase a comprender que pasaba por su mente con completa certeza, o, si no, tardaba de más en averiguarlo. Realmente, soy un tremendo ingenuo, un inútil que ni es consciente de que mientras yo espero una reacción, Ella ha tenido tiempo para leerme la mente dos veces. Ella sabe de sobra que nunca comprendo nada. Trató de moverse, pero las sondas y demás instrumentos hospitalarios se lo dificultaban. De manera atroz, aquellos cables me recordaron a los monstruosos hilos de un títere roto, que de forma inhumana, había sido abandonado como un juguete viejo, gastado. Aquella idea me causó verdadero pánico. Me acerqué más a Ella, y me tendió sus manos. Las tomé entre las mías, tratando de darles calor. Nunca se las había sentido tan frías. Creo que en ese instante empecé a comprender. Ella me agarró con una fuerza temblorosa, y yo observé ese gesto, con una mezcla de preocupación e incertidumbre como máscara de un rostro que en realidad estaría mostrando un dolor que llevaba tragando demasiado tiempo. Clavó sus pupilas en las mías, marcó a fuego esa mirada en mi cerebro y sonrió con sus labios perfectos. Noté como una tímida lágrima empezaba a descender por su piel de porcelana y yo noté como un puño golpeaba mi corazón y partía mi alma en mil pedazos. Entreabrió los labios para susurrar un suave "Gracias" y bajó los párpados tras mantener la mirada unos segundos más. Ahí dejó en libertad al resto de sus lágrimas, bajando en procesión silenciosa, arrastrando tras de sí un puñado de angustia insanable, de desesperación tras comprender que ya nada tenía solución. Levantó la vista. Me miró, con los ojos inundados, y con esa maldita mirada que afirmaba lo que nadie más quería afirmar. "Me voy, para siempre". Piensas que lo tienes algo asimilado, pero en ese instante, te das cuenta de que tu corazón aún lo negaba. Él aún tenía un poco de esperanza. Cuando ya se pierde la ilusión por completo, cuando tu corazón le da la razón a tu mente, es cuando empiezas a asimilar un poco, y cuando empiezas a derrumbarte realmente. Esos "siempres" empiezan a sonarte a demasiado tiempo.  La idea de que nunca, nunca más podría estar con Ella, que nunca podría llevar a cabo todo lo que mi mente imaginó a su lado... Quedaban demasiadas cosas por contarnos, demasiado que aprender, demasiado que nunca podríamos realizar. El curso de mi vida se rompía, se cortaba mi camino, me perdía, ¿Qué sentido adquiere ahora una vida que estaba diseñada para quien ya no puede vivir? Una vez más me esforcé en no dejar correr las lágrimas. Pero acabaron escapando y resbalando sin remedio... Escuecen, realmente escuecen.

           Fui incapaz de cumplir la promesa que me había hecho jurar de no mostrarme destrozado en su presencia. Cuando me di cuenta, estaba tumbado a su lado, hecho un ovillo, llorando desconsoladamente con la respiración entrecortada, y sacando de nuevo a ese niño que no entiende nada. La quería, la quería demasiado. Allá a donde fuera, quería acompañarla, no quería dejarla sola, no podía dejarme atrás. Me temblaban los dientes, todo mi cuerpo estaba temblando. Cubrí mi rostro con las manos, avergonzado. Traté de calmarme, no pude. Notaba la falta de aire en mis pulmones. Tardé en darme cuenta, entre sollozos, de que Ella estaba a mi lado, tratando de acariciar mi pelo y sin parar de mirarme fijamente. Lloraba en silencio. Su sosiego ante las circunstancias me inquietaba. La impotencia me carcomía, el pánico corría por mis venas, quemándome a fuego lento, destrozándome. El terror se había apoderado de mí.

            Mil cuestiones abordaron mi cabeza aquellos interminables días. Mi cerebro no entendía ni entiende qué criterios guían a ese Dios imaginario, a ese salvaje destino estoico, o a esa nada inexistente e incomprensible a proceder tan caprichosamente, haciéndote vivir... para luego condenarte a la muerte sin preguntar. ¿Por qué tanta complejidad? ¿Por qué no resignarse a una inexistencia total? Si defendéis la existencia de Dios y que él nos creó, fue cruel, despiadado. Yo no creo en cielos e infiernos ,pero no me creo mejor por ello, todo lo contrario, soy un infeliz, que ojalá tuviese algo en que creer. Nunca llegaré a comprender las pautas que rigen el comportamiento de aquello que hay detrás de la vida, de la muerte. No  puedo estar tranquilo si no sé qué va a ser de Ella. Tomamos ambos caminos diferentes, desconocidos. No puede desvanecerse, no logro hacerme a la idea. Al igual que un robot no funciona sin energía, nosotros no somos nada sin alma. La energía ni se crea ni se destruye. ¿Y el alma? ¿Qué es de esa energía, de ese impulso que nos hace vivir? No puede volatilizarse...

            "Perdóname."

           Fue lo último que oí antes de dormirme por completo.

...

            A mi subconsciente regresaron sus mejillas sonrosadas, su larga melena, su alegría. Paseábamos por la playa, con la locura implícita en nuestra mirada, con la pasión entrelazando nuestras manos, y con las ganas de vivir, de comernos el mundo, calzada en nuestros pies. Corríamos por la orilla, sobre las olas que el Sol hacía brillar, salpicándonos con cada paso, deteniéndonos, abrazándonos. Sentía así su calor bajo las frías gotas que cubrían su reluciente contorno. Podía notar sus latidos con fuerza, golpeando mi pecho, y degustar el sabor a sal de sus labios, de su piel. Fundidos, soldada mi sístole con su diástole, no había mejores sensaciones, ni existía una mejor forma de felicidad. Ningún paraíso estaba a la altura. Pero sin que contemos con ello, cualquier sueño puede tornar a pesadilla en cualquier instante. Y el cielo engriseció. Pareció contagiar su piel y el aire; se creó una atmósfera enfermiza. Empezó a llover de la nada, y, de repente, sus manos espantosamente heladas, me tocaron, hiriéndome. Hay que intervenir de urgencia. Su piel parecía ahora quebrarse con un suspiro, su rostro adquirió una seriedad inquietante, casi demente. Está perdiendo pulso. Echó a correr por la orilla, escapándose de mí. Una angustiosa lentitud en mis movimientos no me dejaba alcanzarla nunca. Ella se iba, y yo la perdía de vista. Ha entrado en parada. Una ola borraba sus huellas,  haciendo como si Ella nunca hubiese estado allí, eliminando las pruebas de su presencia espectral. Desfibrilador. Cielo oscuro, frío, lluvia en mi playa ideal.  Bum. Desorientado, me dejo caer. Las olas seguirán su rumbo. Silencio. Alguien pregunta la hora de la muerte. La marea sube, yo sigo ahí. No importa, moriré ahogado, en mi propio mar. La crueldad abstracta de la existencia la había arrancado de mis brazos.

           Creo despertar en otra dimensión. ¿Esto es lo que hay? El reloj marcaba claramente las ocho de la mañana de un tres de marzo, y afirmaba mi equivocación. Estaba más vivo de lo que en realidad desearía. Vaya. Ya habían pasado unos meses... Y Ella seguía visitándome por las noches. Lo agradecía, la echaba tanto de menos... Mientras sueño, su compañía parece real. Me permite despedirme una vez más, prolongar un poco su existencia, contarle una de esas mil cosas que aún me quedaban por contarle... Solo durante un instante irreal, aunque solo fuera para aliviar mi conciencia. Me levanté y dirigí al baño. El espejo me devolvía el fantasma de un hombre que había envejecido de repente, que había dejado atrás la juventud. Todo había pasado sin casi darme cuenta...¿cuando me habían empezado a salir las canas? Preferí evitar esa imagen y volver a centrarme en mis sueños.  A veces me pregunto si podrían ser auténticos, es decir, si Ella podía llegar a oírme. Nadie comprende bien qué son los sueños. Quizás sean ese puente, ese limbo entre dos mundos. No le daré demasiadas vueltas más, no quiero que me llamen loco y que encuentren justificaciones. Quizás quien me lo llame tenga razón, todo es demasiado relativo. Ahora debía darme prisa, o llegaría tarde a trabajar.

...

           ¿Recuerdas cuando dije que no quería que me dejaras solo? ¿Que quería estar a tu lado allá a donde fueras? Gran parte de mí murió contigo. La otra se quedó en el mundo, en una vida transitoria, desde aquel dulce pasado en tu compañía, a un final en el que hoy pienso que nos reencontraremos. Hoy tengo esperanza. En cierto modo, en cada flor que brote, en cada ave, en cada ser que se alimente de nuestros cuerpos, volveremos a estar juntos, a formar uno, a formar parte del gran todo que da posibilidad a nuestra presencia. Cada partícula de nuestro cuerpo será parte del  misterio de la existencia, y volveremos a vivir, en los demás. "Somos polvo de estrella", el resultado de una física caprichosa, hijos del Sol, y ahí estás tú, ahí estamos nosotros.  Solo puedo dar gracias al azar cuando sorteó que nos conociésemos, solo puedo llenar mis pulmones de aire, y expirar con fuerza. Sentirme vivo es sentirte cerca. No voy a desperdiciar la oportunidad de seguir respirando, trataré de ser lo más feliz posible, por ti, por los dos. Reiré, lloraré, amaré a quien valga la pena, seguiré disfrutando de la vida que tu no tuviste la suerte de vivir. Seré positivo. Es un acto de un Dios cruel, pero hoy sé que es absurdo verlo como una condena. Disfrutar lo que se pueda, para compensar las cosas malas, esa es la mejor opción.

             Al final, sé que me iré feliz, sabiendo que el camino valió la pena en gran parte de los tramos, y que ahora me espera la mejor parte. Ese momento, el momento de volver contigo, llegará más pronto de lo que parece. 

Hasta siempre, A.M.